Eran las 8:30 de la mañana cuando despertó. Había dormido bastante y sin embargo estaba algo cansada. Era domingo, así que pensó que, luego de una semana de arduo trabajo, podría dormir un poco más. Se acomodó nuevamente en la cama y besó a su marido que permanecía dormido junto a ella.
Mientras intentaba conciliar nuevamente el sueño recordó que debía ir al supermercado a comprar pañales para su hija Julia de un año, y que debía comprar todo lo necesario para el almuerzo de ese día. “Debía”, era la primera palabra que se le venía a la mente cuando se despertaba. También se acordó que era necesario terminar unos informes para el Lunes. Cada una de esas cosas se le aparecía en la cabeza impidiéndole descansar.
Se levanto sin ganas, pero convencida que había tanto por hacer que bajo ningún punto de vista podría darse el gusto de estar ni un segundo más haragañando . Todas esas tareas no podían esperar, había que realizarlas, y cuanto antes, mejor. Fue al baño, se lavó los dientes y la cara y prendió el calefón. Se dio una ducha rápida, se cambió y fue al supermercado. Una vez allí compró todas las cosas que aparecían en la "listita"que se había armado mentalmente (porque no tenía tiempo para perder armando una lista con lápiz y papel, además poseía una “memoria de elefante”, como acostumbraban a decirle todos), y cargó el baúl de su auto de bolsas.
Mientras manejaba por el centro iba mirando el reloj que ya marcaba las 10:30 y se iba quejando para sus adentros de lo lentas que eran las cajas del super y de lo que la había demorado la "inoperante" cajera al no saber el código de la lata de tomates peritas. Se estaba atrasando mucho y aun debía hacer tantas cosas... Otra vez la palabra “debía” le aturdía la cabeza como una canción pegadiza, y como tal, no paraba de repetirla. Tan concentrada en su pensamiento estaba que estuvo muy cerca de chocar el auto de su vecino.
Una vez estacionado su Peugeot 206, bajo del auto y entró rápidamente a su casa con las bolsas. Cuando estaba guardando los fideos en la alacena, Juan Martín, su marido, salió de darse una ducha y la saludó con un cálido beso. Ella apenas lo miró, le dijo “Buen día” y le recriminó el haberse levantado tan tarde. Juan suspiro y se dirigió a su cuarto a cambiarse. Mientras estaba cocinando, Mónica le gritó a su marido que despierte a Julia, y al mencionar el nombre de su hija se acordó que no había comprado los pañales. ¡Cómo podía haberse olvidado! Enojada con si misma y mirando el reloj que marcaba las 11:15 salió apuraba sin escuchar lo que le estaba diciendo su marido y se fue manejando apresuradamente hacia el supermercado más cercano. No iba a volver a Carrefur, las cajeras la iban a demorar muchísimo y seguramente había demasiada gente. Tan apurada y nerviosa estaba que cruzó Callao sin mirar el semáforo y chocó con el Megan que estaba parado delante de ella.
Cuando abrió los ojos lo primero que vio fue a su marido sentado en una silla mirándola con una expresión triste. Observó a su alrededor. No recordaba que había pasado, pero sabia con certeza que ese lugar era la sala del sanatorio de su obra social.
Juan Martín le preguntó cómo estaba, cómo se sentía, y ella le respondió que bien, sólo que: “con un poco de dolor de cabeza”. Juanma la indagó acerca de lo sucedido y ante la notable confusión de su mujer le fue contando acerca del choque. Mónica se apresuró a preguntarle acerca de su salud, pero el la fue tranquilizando diciéndole que gracias a Dios todos los estudios habían salido bien, que solamente tenía heridas leves y que debido a los nervios y al golpe en la cabeza había perdido el conocimiento por unos pocos minutos. Se sintió bastante aliviada pero algo confundida, ¿Cómo ella, una persona que siempre respetó las normas de tránsito, que siempre manejó cuidadosamente podía haber tenido ese accidente? La respuesta era simple, no había que pensar mucho ni ser muy inteligente para poder contestar, y cualquier persona que la conociera minimamente podría responder a esa pregunta. Vivía tan pendiente del reloj, de las obligaciones, del trabajo, que no sólo no se permitía disfrutar de la vida, sino que estuvo a un paso de perderla. Se dio cuenta de que el reloj siempre iba avanzar, aunque ella se queje constantemente de eso, nada ni nadie iba a impedir que los minutos transcurran, y su vida avanzaba a la par de las agujas. En vez de disfrutar del tiempo Mónica solamente se lamentaba de el. Tenía un buen trabajo y una familia de la que estaba orgullosa, pero no se permitía disfrutarla. No iba al cine, ni a comer afuera, ni recordaba lo que era pasar unas vacaciones fuera de la ciudad, ese era un lujo para ella, siempre había trabajo por hacer, siempre tenía obligaciones que cumplir, y por supuesto estaba el reloj,el maldito reloj, que no paraba de girar, que no paraba de condicionarle la vida. Sin embargo ese aparato no tenia la culpa, era nada más ni nada menos que un instrumento que permitía medir el tiempo, y como tal, cumplía su función. Era ella la que le daba más importancia de la que tenía, era ella misma la que lo culpaba de no poder quedarse un rato más en la cama, de llegar tarde al trabajo,etc. Se había convertido en una esclava del tiempo.
Segundos más tarde, concentró sus ojos en su muñeca. Ahí estaba su reloj de mano, marcando los minutos. No lo pensó, se lo sacó bruscamente y lo apoyó sobre la mesita de luz. Ya no lo necesitaba tanto. Por primera vez en su vida iba a disfrutar del tiempo que le quedaba, en vez de lamentarse del que había pasado. Había aprendido la lección…
“Sólo tu decides que hacer con el tiempo que se te ha otorgado”
Florencia*
Mientras intentaba conciliar nuevamente el sueño recordó que debía ir al supermercado a comprar pañales para su hija Julia de un año, y que debía comprar todo lo necesario para el almuerzo de ese día. “Debía”, era la primera palabra que se le venía a la mente cuando se despertaba. También se acordó que era necesario terminar unos informes para el Lunes. Cada una de esas cosas se le aparecía en la cabeza impidiéndole descansar.
Se levanto sin ganas, pero convencida que había tanto por hacer que bajo ningún punto de vista podría darse el gusto de estar ni un segundo más haragañando . Todas esas tareas no podían esperar, había que realizarlas, y cuanto antes, mejor. Fue al baño, se lavó los dientes y la cara y prendió el calefón. Se dio una ducha rápida, se cambió y fue al supermercado. Una vez allí compró todas las cosas que aparecían en la "listita"que se había armado mentalmente (porque no tenía tiempo para perder armando una lista con lápiz y papel, además poseía una “memoria de elefante”, como acostumbraban a decirle todos), y cargó el baúl de su auto de bolsas.
Mientras manejaba por el centro iba mirando el reloj que ya marcaba las 10:30 y se iba quejando para sus adentros de lo lentas que eran las cajas del super y de lo que la había demorado la "inoperante" cajera al no saber el código de la lata de tomates peritas. Se estaba atrasando mucho y aun debía hacer tantas cosas... Otra vez la palabra “debía” le aturdía la cabeza como una canción pegadiza, y como tal, no paraba de repetirla. Tan concentrada en su pensamiento estaba que estuvo muy cerca de chocar el auto de su vecino.
Una vez estacionado su Peugeot 206, bajo del auto y entró rápidamente a su casa con las bolsas. Cuando estaba guardando los fideos en la alacena, Juan Martín, su marido, salió de darse una ducha y la saludó con un cálido beso. Ella apenas lo miró, le dijo “Buen día” y le recriminó el haberse levantado tan tarde. Juan suspiro y se dirigió a su cuarto a cambiarse. Mientras estaba cocinando, Mónica le gritó a su marido que despierte a Julia, y al mencionar el nombre de su hija se acordó que no había comprado los pañales. ¡Cómo podía haberse olvidado! Enojada con si misma y mirando el reloj que marcaba las 11:15 salió apuraba sin escuchar lo que le estaba diciendo su marido y se fue manejando apresuradamente hacia el supermercado más cercano. No iba a volver a Carrefur, las cajeras la iban a demorar muchísimo y seguramente había demasiada gente. Tan apurada y nerviosa estaba que cruzó Callao sin mirar el semáforo y chocó con el Megan que estaba parado delante de ella.
Cuando abrió los ojos lo primero que vio fue a su marido sentado en una silla mirándola con una expresión triste. Observó a su alrededor. No recordaba que había pasado, pero sabia con certeza que ese lugar era la sala del sanatorio de su obra social.
Juan Martín le preguntó cómo estaba, cómo se sentía, y ella le respondió que bien, sólo que: “con un poco de dolor de cabeza”. Juanma la indagó acerca de lo sucedido y ante la notable confusión de su mujer le fue contando acerca del choque. Mónica se apresuró a preguntarle acerca de su salud, pero el la fue tranquilizando diciéndole que gracias a Dios todos los estudios habían salido bien, que solamente tenía heridas leves y que debido a los nervios y al golpe en la cabeza había perdido el conocimiento por unos pocos minutos. Se sintió bastante aliviada pero algo confundida, ¿Cómo ella, una persona que siempre respetó las normas de tránsito, que siempre manejó cuidadosamente podía haber tenido ese accidente? La respuesta era simple, no había que pensar mucho ni ser muy inteligente para poder contestar, y cualquier persona que la conociera minimamente podría responder a esa pregunta. Vivía tan pendiente del reloj, de las obligaciones, del trabajo, que no sólo no se permitía disfrutar de la vida, sino que estuvo a un paso de perderla. Se dio cuenta de que el reloj siempre iba avanzar, aunque ella se queje constantemente de eso, nada ni nadie iba a impedir que los minutos transcurran, y su vida avanzaba a la par de las agujas. En vez de disfrutar del tiempo Mónica solamente se lamentaba de el. Tenía un buen trabajo y una familia de la que estaba orgullosa, pero no se permitía disfrutarla. No iba al cine, ni a comer afuera, ni recordaba lo que era pasar unas vacaciones fuera de la ciudad, ese era un lujo para ella, siempre había trabajo por hacer, siempre tenía obligaciones que cumplir, y por supuesto estaba el reloj,el maldito reloj, que no paraba de girar, que no paraba de condicionarle la vida. Sin embargo ese aparato no tenia la culpa, era nada más ni nada menos que un instrumento que permitía medir el tiempo, y como tal, cumplía su función. Era ella la que le daba más importancia de la que tenía, era ella misma la que lo culpaba de no poder quedarse un rato más en la cama, de llegar tarde al trabajo,etc. Se había convertido en una esclava del tiempo.
Segundos más tarde, concentró sus ojos en su muñeca. Ahí estaba su reloj de mano, marcando los minutos. No lo pensó, se lo sacó bruscamente y lo apoyó sobre la mesita de luz. Ya no lo necesitaba tanto. Por primera vez en su vida iba a disfrutar del tiempo que le quedaba, en vez de lamentarse del que había pasado. Había aprendido la lección…
“Sólo tu decides que hacer con el tiempo que se te ha otorgado”
Florencia*
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